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Katherine Covell

Consideración de la edad mínima de responsabilidad penal

Katherine CovellEl 21 de agosto de 2013, Lee Bonneau, un niño de seis años, fue golpeado por otro hasta la muerte en la reserva india de Kahkewistahaw (Nación Originaria) en Saskatchewan, Canadá. Cuando falleció, Lee llevaba tres semanas viviendo en una casa de acogida y estaba jugando solo afuera de un bingo.

El niño responsable de la muerte de Lee se describe como un joven problemático de entre 10 o 11 años. Tanto la policía como los servicios sociales estaban al tanto de él, pero era demasiado joven para poder ser acusado. También se conocía que tuvo experiencias muy adversas a una edad temprana y una historia de implicación con los servicios de protección al menor.

Cuando los medios de comunicación publicaron este trágico suceso, predeciblemente, la opinión pública, e incluso algunos expertos legales, demandaron una reducción de la edad de responsabilidad penal, que en Canadá se sitúa en los 12 años. Los críticos consideran que niños de tan sólo 10 años deberían ser arrestados, acusados y tratados como delincuentes juveniles cuando comenten un delito grave, porque «no podemos tener a niños jóvenes cometiendo tales atrocidades y “saliéndose con la suya”».

Las demandas públicas de una reducción de la edad de responsabilidad penal a 10 años o incluso a menos normalmente siguen a la publicación de casos como este. Pero tales demandas están equivocadas y el objetivo desenfocado.

La responsabilidad penal asume que el individuo es capaz de controlar y entender por completo sus acciones. Sugerir que esto es cierto, incluso a la edad de 12 años, es insostenible y ridículo si hablamos de edades más tempranas. De hecho, una amplia experiencia en neurología y psicología evolutivas nos muestra que la edad de responsabilidad penal debería ser significativamente más elevada. Es más razonable situarla a la edad de 15 años, como sucede en Suecia y otros países del Nord Europa.

El cerebro de un niño, aunque se desarrolla más rápidamente a edades tempranas, experimenta un desarrollo sustancial desde la adolescencia a los inicios de la edad adulta. El córtex prefrontal, la parte del cerebro que permite el control del comportamiento, la planificación y la evaluación del riesgo, se desarrolla más tarde que la zona asociada a la búsqueda y recompensa de sensaciones. Este patrón de desarrollo neurológico significa que los adolescentes tienden a ser impulsivos y a guiarse por posibles recompensas más que a una toma de decisiones racional.

En la adolescencia tardía o en el inicio de la edad adulta, hay una mayor habilidad para el control de impulsos, la comprensión interpersonal y social, la regulación de sentimientos y la toma de decisiones racionales. Sin embargo, el cerebro de un preadolescente y el de un adolescente en sus últimos años son muy diferentes. Tal y como el psicólogo Lawrence Steinberg argumentó, los adolescentes deben considerarse «menos culpables debido a su adolescencia». Esta fue una postura que resultó determinante para conseguir que el Tribunal Supremo de EE.UU. no condenara jóvenes a la pena de muerte.

El cerebro de los adolescentes es también muy susceptible a las influencias de su entorno. Cuando tratamos a adolescentes jóvenes, o a preadolescentes, como delincuentes y los institucionalizamos o encarcelamos junto con otros chicos problemáticos iguales a ellos, exacerbamos cualquier problema que tengan. Asimismo, aumentamos la probabilidad de que continúen delinquiendo.

Para poder determinar la edad apropiada de responsabilidad penal, particularmente en niños que han cometido delitos graves como la paliza mortal de Lee Bonneau, se debe conocer cuál ha sido la educación de este. En este sentido, apenas sabemos nada de los primeros años de vida del niño que asesinó a Lee, ya que su identidad está protegida debido a su edad. Sin embargo, sí tenemos un amplio conocimiento de los antecedentes típicos de este tipo de niños.

Los niños con un comportamiento antisocial grave y que emplean la violencia sufren normalmente una situación de desestructura familiar, descuido o rechazo parental, exposición a violencia en casa o en la comunidad, inseguridad económica y abuso físico o sexual. Esto último también influye en el desarrollo del cerebro. Cuando los niños no reciben la atención apropiada o necesaria, esto afecta tanto en la infancia como en la primera niñez, sus cerebros desarrollan conductas inadaptadas. Muestran respuestas de estrés anormales, control bajo de impulsos, impulsividad y tienen dificultades para apreciar la humanidad en los otros.

Los jóvenes que se ven en problemas con la ley, deberían, por tanto, ser tratados como víctimas de descuido, violencia o violación de sus derechos humanos fundamentales. Para reducir la adversidad en la vida de estos niños y prevenir su participación delictiva, sería de ayuda una identificación temprana de niños en riesgo, medidas a tiempo e integradoras, programas universales de apoyo a las familias, servicios de salud mental y una educación parental.

Niños de más edad que se encuentran involucrado con el sistema penal demostraron ser asistidos de mejor forma mediante diversos programas educativos, restaurativas y de remisión de casos que manifestaron su eficacia en mantener un camino de desarrollo pro-social.

Los enfoques punitivos y la reducción de la edad mínima de responsabilidad penal no son la respuesta a la violencia adolescente. Si nos centramos en la prevención y en la rehabilitación estaríamos dejando un mejor legado para Lee Bonneau.

 

Katherine Covell, Experta en Derechos de los Niños en Residencia y Sociedad para Niños y Adolescencia de la Colombia Británica